SIESTA
Calor. Son las dos de la tarde y el cuarto está oscuro. Las persianas hacen sombras en las paredes blancas. El aire es denso y una mosca da vuelos rasantes y obstinados sobre los muebles. Busca la salida hacia la luz, tropieza una y mil veces para al final, quedar también amodorrada sobre la cabecera de la cama. Afuera reverberan las palabras de los pocos que se atreven a salir a unos espacios cegados por la luz. En la ventana el geranio amarillo se despereza alebrestado por la visita del abejorro. Los comercios están cerrados; las santamarías descansan pesadas sobre el cemento. La ciudad está en toque de queda.
Esa tarde luchando por no dormirme miraba los dedos de mis manos, los contaba, eran cinco; estaban completos. No comprendía porqué me tenían prohibido la salida del cuarto, de la casa; de mi cuerpo de 11 años. No oía los murmullos de las palabras extranjeras entrecortadas por los chirridos metálicos del telefunken; creo que mi padre había salido. A lo mejor se cansó de tratar de sintonizar la BBC de Londres buscando noticias sobre Franco. Era su ritual, sentarse al lado de ese enorme radio lleno de teclas que se hundían facilitas. A mi sólo me estaba permitido mirarlo sin tocar y observar a mi padre en su empeño cotidiano, solitario y esperanzado de oír que “a la dictadura le queda poco”. En las noches el sonido era mejor, y el volumen se reducía al mínimo, porque “las paredes oyen” y el miedo agudiza los sentidos.
Un murmullo es lo que se oye a esas horas, en aquel día. Sólo pensaba que al levantarme de la siesta, podría ver de cerca el vestido de sevillana rojo con volantes blancos; estaba colgado en un gancho de metal, en medio de la sala. Lo habían traído por la mañana y era el foco de atención desde entonces. Mi hermana no le quitaba los ojos de encima, parecía soñar al verlo. Mi madre sonreía, como viendo el futuro a través del encaje del faralao. También estaba en la sala un baúl enorme verde oscuro, lleno de clavos y cerraduras mágicas. A su alrededor y apiladas en santa paz, había sábanas de algodón bordadas, toallas gruesas, blusas de organdí y faldas tubo, de esas que usaba mi hermana cuando salía con sus novios. Y zapatos, muchos zapatos de tacón finos, puntiagudos, altos y desafiantes. Al marchar ella, aprovechaba yo para zapatear por toda la casa, con mi pie pequeño que hacía doblarse asustado al zapato. Pero no importa, yo zapateaba feliz inventando mil historias en un monólogo con mi media lengua.
Me quedaba muy quieta, esperando que el sueño me venciera después de una dura batalla; porque dormir es perder el tiempo, y mi madre decía que “el tiempo es oro, y que el que lo pierde, lo pierde todo”. A las 5 sonaba una sirena, y ya sabía que faltaba poco para que llegara mi padre de su escuela, con el traje arrugado oliendo a otros niños, a borra, y a cansado. Varias veces me llevó a su escuela, estaba cerca de la casa, es lo que se llamaba una escuela unitaria. Ahí mi padre era el director, maestro, secretario. Todo. También era el encargado de preparar en la mañana la leche en polvo y cortar el queso amarillo. Los donaba el gobierno de Estados Unidos en lo que se llamó el Plan Marshall. Años duros envolvían a un país que espera el paso del tiempo para cicatrizar heridas. Tiempo de apariencias, de ser lo que no se siente, de vivir conforme a los lineamientos del vencedor. Perdedores que conforman una mitad de un todo que un día se quebró quedando desolado y sin palabras. Palabra que quedó vacía de significante. La última palabra siempre fue la del vencedor, la que se dice desde la posición privilegiada que da el poder; sustentada por la fuerza de la brutalidad que impone ideas y conceptos para así fortalecer y dar legitimidad a sus actos.
Tiempos difíciles… así decía la madre de José Manuel, su padre era matarife, pero no lo parecía, salvo por el color rojo de sus cachetes, cuando mataba la tarde en el bar. Yo iba feliz a su casa porque siempre había mortadela para la merienda, a mi, me la tenían prohibida. Mi madre decía que era una guarrería. Para ella eran guarrería demasiadas cosas. José Manuel era alto y tartamudo. Los muchachos de su portal se metían con él. Pero él era diferente: no apedreaba perros cuando quedaban enganchados después del amor, no se metía con las chicas, simplemente las observaba con distancia: por eso era mi amigo. Cuando subía a su casa, me enseñaba sus cuadros de colores vivos, de figuras ingenuas y bien definidas, inmersas en una vorágine de formas que espantan al verlas. Su madre igual que la mía iban mucho a la iglesia; mi madre después de sus clases, y ella, a toda hora. Tenían en común la insatisfacción del día a día, la soledad dentro de su numerosa familia; sublimaban sus amores desencantados con los ora pro nobis rutinarios.
De nuevo en la historia, la iglesia vuelve a identificarse con el poder regentado por una clase social con la que puede pactar. Recobra la influencia perdida durante los años de la república. Se reparten poderes y se dividen los beneficios. Ganadores y perdedores están condenados a compartir una tierra y una lengua. Para sobrevivir el vencido se mimetizará con el vencedor dando una apariencia de conformidad con lo establecido. Pero como cualquier sumisión genera miedo y rencor que van socavando trincheras más profundas que las de la contienda que las originó. Los espacios se fueron cerrando ante el desconsuelo de unos y la apatía de otros.
Mis padres decían que el futuro estaba en América, y a mí me hacia pensar en el salitre que oxida los barcos, en paquetes bien sellados con el rojo indeleble del lacre; en querencias que se transformaron con el pasar del tiempo. Así fue con mis hermanos varones, su rastro se ha ido borrando de la casa. Un fino polvo familiar cubrió sus fotografías hasta que se volvieron color sepia. Sus ausencias se reconstruían cuando llegaban esas cartas arrugadas oliendo a lejos, a países distantes de los que se sabe poco, y sólo se ubican en los mapas, cuando la naturaleza los pone en su sitio como un castigo bíblico.
Años más tarde cuando el prurito familiar de la emigración llegó hasta mi, seguí las inclinaciones genéticas de mi grupo por conocer y vivir en otros lugares. Las circunstancias eran otras, el mundo había cambiado, y con él las expectativas. Yo pertenecía a una generación que ya no iba a conquistar, sino a compartir. Adquirí un pasaporte que vino a confirmar mi sentimiento de ciudadana del mundo, algo que intuía desde la infancia. Se fue llenando de firmas, de sellos; arrugando sus hojas lisas de papel firme. Había madurado, no sólo me identificaba una simple cédula de plástico; ahora tenía un pequeño librito que reconocía ante los demás mis movimientos migratorios. Más tarde, como un pájaro en invierno, me dirigí hacía la luz y el calor de otros lugares buscando el tiempo sin memoria de la siesta que me llevaría como en un círculo invisible al comienzo de mi viaje.

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