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Escrito por Francisco Arce
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Arquitectos Del Destino
Efectos y consecuencias de nuestra conducta
Por Francisco Arce
Mientras menos reconocemos la importancia de nuestra propia voluntad y albedrío, más culpa colocamos sobre los demás. Los que tienen un credo religioso le atribuirán el mérito de lo feliz a Dios y de lo adverso al diablo (o a las entidades equivalentes, según cual fuese la religión); los que no creen en fuerzas sobrenaturales, culparán a sus padres, a la sociedad, a sus parientes, enemigos y vecinos, y por supuesto en un dudosamente destacado lugar a sus cónyuges. Cuando se trata de renunciar a la responsabilidad propia, nadie se salva. Alguien tuvo que hacer que ellos actuaran equivocadamente.
Individuos con estas proclividades creen en el bien y el mal como condiciones preexistentes y suficientes para explicar el comportamiento indeseable en otros. Ellos son invariablemente buenos. Con esas premisas, ya se liberan de buscar las causas del comportamiento propio y ajeno; no sea cosa que en el análisis inteligente y sereno, alguna culpa recaiga sobre ellos. Subrayo la palabra culpa porque tal parece que en el análisis superficial del comportamiento de los demás, estas personas sólo comprenden las equivocaciones como algo deliberadamente malicioso (A no ser que la equivocación venga desde alguien ubicado por ellos en un pedestal, en cuyo caso lo mismo que en otros sería maldad, en éstos es un acierto o a lo mucho, la reacción legítima al mal comportamiento de los malos).
Conciben que toda falla humana es manifestación de maldad; por ende, como ellos son buenos, no están en la obligación moral de escudriñar la situación y menos de asumir responsabilidad. ¿De qué? si siendo buenos no existe posibilidad alguna de generar una circunstancia indeseable.
Con la certeza de su bondad intrínseca, incluso frente a tupidos historiales de consecuencias funestas, no ven la necesidad de considerar el efecto de su comportamiento en los sentimientos de los demás, porque ello podría implicar alguna culpa en ellos. Cuando sería suficiente pensar en responsabilidad y no culpa.
La cosa se agrava porque al determinar que los demás infligen aflicción deliberadamente sobre ellos, pierden la fe en la gente y en sí mismos al creerse perseguidos.
Su desconsideración lastima e indispone a los que los rodean, y lógicamente van perdiendo algo del cariño o por lo menos del respeto que de otra manera gozarían y entonces interpretan el distanciamiento o las reservas de los demás como la maldad que según ellos ya advertían de antemano.
Ocurre frecuentemente que al no creer en nosotros mismos no nos damos cuenta de nuestra influencia sobre los nuestros. Así los suicidas, que concluyen que su vida no vale, no se detienen a considerar la angustia que causará su ausencia en aquellos que los aman, pues están muy ocupados ponderando el inmerecido efecto de la maldad de los demás sobre ellos.
Aparten sus ojos de sí mismos que se les va a arrugar el cuello, miren hacia los sentimientos de los otros.

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