Bodas de sangre
Por Pilar Merino
Bodas de sangre, la obra de García Lorca más representada en todo el mundo, se estrenó en el Teatro Beatriz de Madrid (España) el 8 de marzo de 1933. Se han cumplido ya 75 años del acontecimiento. Basándose en un hecho real ocurrido en Nïjar y reseñado en los periódicos de la época, construyó el dramaturgo una desgarradora tragedia. Una obra dura que habla de muchas cosas: del profundo y omnipresente dolor de una madre que pierde a su hijo, de la violencia atávica que vive en el corazón de los hombres, del deseo sexual, de la pasión que se intenta enterrar en vano y se abre paso como un potente árbol encerrado entre unos muros, del destino de las mujeres... Y es en este destino donde centramos hoy la mirada, porque las cosas han cambiado, pero no tanto. O sí, han cambiado mucho, pero a veces para peor. En esta pieza teñida de sangre y muerte (las del marido y el hijo perdidos por la irracional violencia que lleva al animal humano a matar a su semejante por motivos distintos a la estricta ley de supervivencia; más tarde las del novio y su contrincante sentimental) se hacinan las obligaciones propias del género femenino. “Yo sé que la muchacha es buena. ¿Verdad que sí? Modosa. Trabajadora. Amasa su pan y cose sus faldas”, dice la madre del novio como paradigma de la buena esposa. Y más tarde, cuando habla de la madre muerta de su futura nuera: “A su madre la conocí. Hermosa. Le relucía la cara como a un santo; pero a mí no me gustó nunca. No quería a su marido”. Y es que entre las obligaciones de las mujeres, además de las labores domésticas, la crianza de todos los hijos que Dios enviara, y de no negarse nunca a mantener relaciones conyugales, se contaba el deber de querer al marido. Una obligación más que al hombre no se le requiere en ningún momento del relato. La fidelidad ni se cuestiona, se da por supuesta. “Una mujer con un hombre, y ya está”. No hay más que hablar. El resto, cualquier desvarío, es impensable.
Entre las virtudes que el padre de la novia y la madre del novio se arrojan a la cara como si escupiesen al otro, solemnes, para desterrar dudas, dice ella: “Mi hijo es hermoso. No ha conocido mujer. La honra más limpia que una sábana puesta al sol”. Y responde el padre: “Qué te digo de la mía. Hace las migas a las tres, cuando el lucero. No habla nunca; suave como la lana, borda toda clase de bordados y puede cortar una maroma con los dientes”. Vemos, pues, que continúa la lista, que además de la virginidad y la laboriosidad cuentan otras cosas: no habla nunca. Y es que a muchos hombres les gustan las mujeres mudas. Quizá por eso, porque las mujeres han comenzado a hablar, son muchos los que se sienten incómodos, muchos los que querrían volver a los tiempos de Lorca, a la España en la que para “vender” bien a una hija tenía que contarse entre sus múltiples virtudes la de no hablar.
Tampoco tienen desperdicio los consejos que la madre da a su hijo antes de la boda: “Con tu mujer procura estar cariñoso, y si la notaras infatuada o arisca, hazle una caricia que le produzca un poco de daño, un abrazo fuerte, un mordisco y luego un beso suave. Que ella no pueda disgustarse, pero que sienta que tú eres el macho, el amo, el que manda. Así aprendí de tu padre. Y como no lo tienes, tengo que ser yo la que te enseñe estas fortalezas”. Parece, teniendo en cuenta la abundancia de maltratadores en España, la lista negra de denuncias que las mujeres interponen en los juzgados, la lista de órdenes de alejamiento que dictan los jueces, que muchos hombres se han tomado al pie de la letra las palabras de la madre y quieren demostrar por la fuerza quién es el macho, el que manda. Aunque en los últimos 30 años las mujeres se han abierto un hueco en la sociedad, en el mundo laboral, en la política, muchas han encontrado sus mayores trabas en la vida familiar, en el marido que objeta a que ella lleve dinero a casa, a que en su lugar de trabajo comparta espacio con hombres, o tome decisiones que afectan a su parcela más íntima, desde el largo de sus faldas hasta si beber o no una copa de alcohol. Sí, las cosas han cambiado demasiado deprisa para muchos trogloditas cuya idílica estampa femenina está callada, en casa, bordando una sábana o removiendo una cazuela. Ya lo dice la madre del drama lorquiano, que ella quiere tener muchos nietos, pero que alguna sea niña, porque “los varones son del viento [...] Las niñas no salen jamás a la calle”. ¿Se han fijado en que la que da el consejo machista es precisamente una mujer? Es así porque todos repetimos los roles aprendidos, ellos el rol masculino, ellas el femenino. Los observamos desde la cuna. Es más fácil imitar que aprender algo nuevo, de modo que nos limitamos a repetir lo que vemos, lo que oímos. La madre no hace sino entregar a su hijo la consigna que aprendió de sus progenitores. Y esa consigna es una sociedad de patriarcado, donde la mujer ocupa un puesto inferior al hombre, una plaza de obediencia y sumisión. La mitad del mundo dominando a la otra mitad. Cuando las mujeres accedieron al empleo conquistando así independencia y autonomía, superando el papel de criadora de hijos y cocinera, encerrada en el feliz hogar, el papel del hombre, sustentador único y jefe familiar, comenzó a tambalearse. Si las mujeres tomaban parcelas que tradicionalmente les pertenecían de forma exclusiva, ellos perderían poder. ¿Cómo se sintieron los hombres ante estos cambios socio-familiares? Muchos de ellos, sin duda, se vieron amenazados. Algunos anhelan los tiempos –no tan antiguos– en que las mujeres no tenían derecho a voto y para viajar o trabajar necesitaban el permiso del padre o del marido, la época –tan antigua– en que las mujeres, igual que los animales, no tenían alma. Y aunque ningún hombre, o muy pocos, discriminan en público a las mujeres o apoyan la violencia machista, la realidad se muestra bien distinta. En 2007, un total de 126.293 mujeres denunciaron haber sido maltratadas, según datos proporcionados por el Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial. En 2008, el día que Bodas de sangre cumplía 75 años de su primera representación, en España habían muerto ya 20 mujeres a manos de sus parejas o ex parejas. Por cierto, a estas alturas deberíamos hacer justicia a las víctimas y dejar atrás el eufemismo “violencia de género” (el término resulta difuso, intangible, literariamente suena hasta bien), para llamarlo “violencia machista” o “violencia contra las mujeres”. Y a los que matan, “asesinos”. Es lo que son.
Lorca desata la tragedia final en medio de un lirismo profundo y caliente. “Flores rotas los ojos, y sus dientes dos puñados de nieve endurecida. Los dos cayeron, y la novia vuelve teñida en sangre falda y cabellera. Cubiertos con dos mantas ellos vienen sobre los hombros de los mozos altos. Así fue, nada más. Era lo justo. Sobre la flor del oro, sucia arena.” Y después de muertos los hombres, poéticamente “muertos en la hermosura de la noche”, enfrentados por una rivalidad que no han sabido superar sin recurrir a la violencia, la mujer, aunque viva, será estigmatizada por el suceso, se recluirá de por vida entre cuatro paredes mientras las tumbas de los hombres se cubrirán de flores. No en vano murieron en defensa de su honor. Del honor de la cultura patriarcal. Dos hombres que murieron porque las reglas del patriarcado habían castrado su derecho a mostrar fragilidad, a exhibir ternura, afecto, lágrimas de dolor o pérdida. La sociedad exigía machos dominantes, violentos, competitivos. “Es una caza”, dice el novio mientras persigue al hombre con quien ha escapado su novia, “la más grande que se puede hacer”. Y ante la amenaza del honor mancillado, de la hombría en entredicho, no se detiene. Es más, se crece, como le han enseñado que hacen los hombres, debe matar o morir. “¿Ves este brazo? Pues no es mi brazo. Es el brazo de mi hermano y el de mi padre y el de toda mi familia que está muerta. Y tiene tanto poderío, que puede arrancar este árbol de raíz si quiere. Y vamos pronto, que siento los dientes de todos los míos clavados aquí de una manera que se me hace imposible respirar tranquilo.” Pero todo lo hecho por los varones está bien, es razonable, Lorca los llama “los dos hombres del amor”, redimiéndolos así del acto violento más salvaje.
Y como colofón de la férrea moralidad imperante, la novia se dirige a su suegra para suplicarle que la mate. Sí, tiene que morir para salvar su honra. Su honra intacta. En esta súplica le dice: “He venido para que me mate y que me lleven con ellos. Pero no con las manos; con garfios de alambre, con una hoz, y con fuerza, hasta que se rompa en mis huesos. Quiero que sepa que yo soy limpia, que estaré loca, pero que me pueden enterrar sin que ningún hombre se haya mirado en la blancura de mis pechos. [...] Mira que mi cuello es blando; te costará menos trabajo que segar una dalia de tu huerto. Pero ¡eso no! Honrada, honrada como una niña recién nacida. Y fuerte para demostrártelo. Enciende la lumbre. Vamos a meter las manos: tú, por tu hijo; yo, por mi cuerpo. Las retirarás antes tú”. Porque la mujer no sólo tiene que ser limpia, pura, honrada, casta. No, además tiene que parecerlo y demostrarlo. Y si no puede, entonces debe morir, debe expiar la culpa de la sospecha. La mujer no puede ser sospechosa de haber engañado. No puede ser sospechosa de nada. Ni entonces ni ahora. Los agresores de mujeres matan por celos, por venganza, por ira, por odio, por impotencia, pero ya no matan al contrincante en igualdad de condiciones –a otro hombre, al oponente– para restituir su hombría. Ahora matan cobardemente a la parte más indefensa, a la que ha confiado una y otra vez en que las agresiones de sus parejas no se repetirán ni las amenazas se llevarán a cabo.
Las mujeres, las que han recobrado la seguridad y la confianza en sí mismas, la autoestima física y psíquica frente a un sistema que ignora y somete la vida a intereses patriarcales, están hartas de este sistema, con todas sus instituciones, que perpetúa la opresión. No es extraño el lema de esta pintada en un edificio: “Estamos hasta los ovarios de tantos cojones”. La cuerda se tensa para mantener el orden social y los políticos, desde sus sillones de despacho, elaboran leyes paritarias. Y a la vista de este panorama, no queda más remedio que preguntarnos cuál es, hoy, el destino de las mujeres. Se podría decir que, en el 75º aniversario del estreno de Bodas de sangre aún queda un largo camino por recorrer en cuestiones de igualdad de género, porque la equiparación existe sólo en las formas, en ciertas leyes, en los libros, no en el pueblo, en las costumbres, en las casas. En fin, en la vida.
Pilar Merino. Hija de padres nómadas, nació por azar en Tomelloso (Ciudad Real, España). Durante su primera infancia recorrió junto a su familia gran parte de la geografía española hasta acabar instalándose en Madrid. Cofundadora y coordinadora del Taller de Escritura “Puro Relato”, ha impartido las clases del Taller de Relato Breve. Su obra ha sido publicada en varios volúmenes conjuntos y ha recibido diversos premios literarios.

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