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CIBELES Imprimir E-Mail
Escrito por Rosa Ramos   

 
 CIBELES
LA DECISIÓN QUE DA HAMBRE
 
 

Por Rosa Ramos

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Madrid, 12 de Septiembre de 2006. Leo en la prensa una serie de palabras que me irritan: “Vetar, extremo, delgadez, esqueléticas, peso saludable, anorexia, alarmante, figura espectral, huesos, catastrófico, indignante”.


Sobreentiendo la polémica en la Pasarela de Cibeles. Dos años después, en 2008 siguen las posiciones opuestas. Se optó por vetar el desfile a modelos argumentando en su contra que no son eran buen ejemplo para las mujeres jóvenes que las admiraban y pretendían imitarlas.

Leonor Pérez Pita, directora de la Pasarela aseguraba: “La salud está implicada; se imponen los parámetros saludables” (¿Venderán más los argumentos?). La noticia provocó bola de nieve; pensé; mientras leía por todas partes las palabras y conceptos atosigantes; anorexia, bulimia y desórdenes alimenticios. La conflictividad de intereses está servida. Las modelos flacas, no sabían, ni entendían porque eran rechazadas. (O por lo menos, eso decían).

Cibeles marca la norma: masa corporal 18 (ósea unos 56 Kg. para 1,75 m de estatura)
Se acotó mediante este índice el peso modélico ideal.

Otros países siguieron la estandarización, Italia se ha decidió por un 18,5 (ósea la modelo no podría pesar menos de 55,4 Kg. para 1,74 m de estatura), Gran Bretaña, tuvo la intención de hacer algo similar, pero no se han decidió nada concreto, en Nueva York una concejala pretendió hacer una ley que prohibiera desfilar fuera de los estándares antes mencionados, y de París no se tienen a día de hoy noticias.

Los diseñadores y las agencias que las representan se opusieron a la decisión. No es normal que para contratarlas tengan que pasar primero por una revisión médica, dijeron. ¿Tantos millones perderían por aumentar una talla a la ropa? - Me pregunto ahora que en España un ministro pretende clasificar los cuerpos femeninos según sus formas.
 
Revisando material informativo sobre la cuestión tropiezo con un columnista español de provincias que reivindicaba en su momento el derecho de las modelos flacas a trabajar, afirmando que eran censuradas por su rol ejemplar. Asegurando, así mismo, que la fiebre moralista se ejercitaba sobre el eslabón más débil dejando sin empleo a quienes se excedían en las condiciones para desempeñarlo. (Lo cito textualmente) Concluía diciendo que la auténtica epidemia es la obesidad, pero que nadie se atreve con los gigantes del “fast food”. Su exposición nos deja perplejos.

Luego de eso, entro en Internet y empiezo a navegar de un extremo a otro, recorriendo una variedad impensable de pensamientos relacionados, de los que resumo una selección.

Un grupo de mujeres hace apología de un modo de vida, según dicen al que han optado; no entienden por que no pueden tener sus modelos. Hacen comparaciones con otras “minorías”, con razas, inclinaciones sexuales, dicen que tienen derechos; tienen dignidad y no quieren sufrir discriminación.

Otros llevan el debate al tema de la imagen y su impacto social. La imagen sí importa, la estética, lo físico, el argumento de ser solo una buena persona, con un fondo espiritual, no lleva a nadie a ganar dinero, ni a ser nadie en este mundo, y que muy al contrario siendo así solo se consigue que otros más inteligentes se aprovechen de uno, dicen.

La sociedad juzga por un físico que es como la lotería, te toca o no te toca; puedes ser desgraciado o discriminado sin poder hacer nada para evitarlo. Al fin y al cabo tenemos la sociedad que hemos creado, una sociedad superficial que vive de imágenes y apariencias. Defienden una “filosofía de vida” según dicen. A mi me parece más bien una filosofía de supervivencia. Con poco jugo y sin consistencia.

Por el contrario tenemos quien dice que la vida hay que vivirla sin obsesiones estéticas, que aprendan a aceptarse como son, que su forma de vivir hace daño, a sí mismos y a los demás, especialmente sus familias, que toda la felicidad a la que aspiran queriendo ser “perfectas” las llevara a un ataúd. Sus filosofías, no son tales, más bien enfermedades mentales que les impiden vivir, que las atormentan constantemente, que las obligan a pasarse el día controlando calorías y pesándose si parar. Todo ello para conseguir un ideal que es inalcanzable y que cuando se alcanza, ya no quedan en el cuerpo fuerzas para saborear la victoria. Es pobreza interna desear ser un saco de huesos.

Decido dejar de leer opiniones, me levanto de la silla y me miro al espejo; tengo casi cuarenta años. Siempre fui y sigo siendo delgada, nunca me he privado de comer y menos aún me he hecho vomitar. Creo que esta batalla nada tiene que ver conmigo. Aún así todos estos debates me encienden la sangre, me enferman y no consigo saber por qué.
 
Recuerdo que de niña me obligaban a comer, me podía pasar horas delante de un plato y si no me apetecía, no servía de nada. Sufro tal vez de inapetencia; aunque no creo que eso sea cierto, ya que hay momentos en los que realmente disfruto comiendo. Cierto es que necesito encontrarme en un ambiente óptimo y propicio para conseguir ese placer, pero supongo que es como con cualquier otro placer de los que los humanos podemos disfrutar.

No puedo negar que la decisión de Cibeles me perturba. En la corta época que las modelos lucían mi talla me he sentido representada por algo, aunque fuera de corta duración; así es que la decisión no puede más que parecerme una absurda injusticia.

Por otro lado reviso el consumo mundial,  2.800 millones de humanos viven con menos de 1 € diario, es un dato altamente reconocido, me pregunto cuantos céntimos de ese euro se gastan en alimentación, y lo que es más cuantos céntimos gastados en alimentación son efectivamente para alimentar a las mujeres de edades parecidas a las que se quedaron sin desfile en Cibeles. ¿Les importará mucho, que alguien las represente en las pasarelas?

No pretendo con estas cosas que expongo hacer que el mundo acepte por buenas mis medidas, solo que al rechazarlas parece que se está corriendo un tupido velo sobre todas esas otras mujeres. Como si al ignorarlas dejara de existir la mediocridad física; la pobreza nutricional.
A partir de esta idea podría entrar en otro debate, entiendo que cuando se tomó esa decisión se pensaba particularmente en las mujeres jóvenes que ponen su vida en peligro por querer imitar un ídolo.

Sin embargo, es inevitable que una decisión tomada con intenciones nobles, ponga el dedo sobre otra serie de cuestiones mucho más complejas.


 
 
 
 



  
Rosa Ramos. Articulista española (Figueres, 1970). Colaboradora en el semanario Veu de Sóller, de Mallorca (Islas Baleares), y en el semanario Empordà, de Figueres (Cataluña). Escribe en lengua castellana, en catalán y en francés. Ha publicado en la red en las revistas literarias Letralia, El bolígrafo y Remolinos, artículos de opinión e informativos. Atreviéndose también con la narrativa corta, la poesía y los cuentos infantiles que pueden leer en el portal Yoescribo.com




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