Por Jorge Etcheverry
En alguna parte creo haber
leído que en Estados Unidos hay tantas iglesias como estriptises. Ahora
que me acuerdo lo vi en un programa de televisión humorístico y bastante
crítico que se llama The Daily Show. Esto lo traigo a colación
porque en mi temprana madurez y en algunos períodos críticos de mi
vida frecuenté esos locales, a lo que ya no asisto sino a veces para
ingerir mis cada vez menos frecuentes desayunos americanos, con huevos,
jamón, tostadas empapadas en mantequilla (es de esperar) papas fritas
y salchicha, tocino o jamón fritos. Ahora me estoy cuidando un poco
del colesterol que es en mi caso una de las cartas marcadas de esta
mano que cada individuo juega con las diversas posibilidades de su muerte.
Además de que, como es sabido, los desayunos y almuerzos (lunches)
son tan baratos como apetitosos en esos lugares, hecho no conocido por
el público en general, sobre todo en uno que se llama Sirenas y está
en pleno centro, donde de tarde en tarde me como un lunch con
una de las niñas que trabajan allí, o mejor dicho esperan su turno,
porque a esa hora todavía es muy temprano, a quien le pago su almuerzo
y luego salimos a fumar un cigarro en la vereda.
Y lo que pasa es que el otro
día Guagua L’Amore, --nom de guerre de esta niña, estriptisera
ítalo canadiense latinoamericana, de ojos verdes y un metro setenta
y dos--, me comentaba de la desaparición de uno de los personajes más
comunes en ese ambiente. Un alto porcentaje de las niñas que trabajan
en este medio son drogadictas y por ende ejercen la prostitución
à côté como decimos los franchutes, se ven explotadas, torturadas,
por lo menos amenazadas y bajo el control de dos especies de varones
frente a los cuales la sociedad hace la vista gorda, los traficantes
o repartidores de drogas y los cafiches. Los primeros están aquí para
quedarse, ya que la plata que producen las drogas es parte considerable
de la economía, y ellos, citando a un poeta amigo “hacen circular
el circulante”, y entonces se ganan la admiración o el beneplácito
de esta sociedad dizque cristiana, pero que considera al gángster y
al delincuente en general como un héroe, siempre que gane harta plata,
desde Al Capone, pasando por las bandas de motociclistas, El
padrino y la serie televisiva de los Soprano.
Bueno, pero me estoy yendo
por las ramas, por los cerros de Úbeda, como dicen los peninsulares.
A lo que iba, esa niña me contaba que se había enterado por las otras
chicas del ambiente, que muchas estaban reemplazando al tradicional
cafiche, o chulo, como les dicen los españoles, los que se estaban
quedando sin trabajo. Las niñas se conseguían su buena computadora,
amononaban una pieza, instaban su equipo y su maquinita fotográfica
digital, hacían una pequeña investigación en el web y en un par de
semanas estaban ofreciendo sus servicios virtuales, claro que por menos
plata, de digamos unos ciento cincuenta o doscientos dólares bajaban
a dos o a tres, pero sin salir de la casa, sin tener que pagar comisión,
sin contacto físico y a veces con centenares de clientes ‘en línea’
por semana. Y entonces hablamos de cómo los cafiches del futuro iban
a tener que tener por lo menos un título de ingeniero de programación
y el prototipo del pimp que endiosa la cultura y música Hip-Hop
iba a ser en cambio un tipo blanco, de anteojos, flacucho y de terno,
y esa imagen, llevada de la mano por la dinámica de la cultura popular,
iba a entrar al paraíso de los arquetipos sexy contemporáneos.
Pero las profesionales del amor ya más entraditas en años y, ojalá,
con algunos medios, echarían de menos a sus antiguos torvos protectores
y viajarían de vez en cuando a los países latinos, que más o menos
igual o peor que ahora, en virtud de llevar la peor parte en ese proceso
que economistas y sociólogos conocen como ‘Dependencia’, iban todavía
a proporcionarles por medio de sus machos el maltrato y explotación
directa añorados, fieles al popular dicho que todavía se escucha en
las siniestras calles de un país latinoamericano que no quiero nombrar
y que reza: “quien te quiere te aporrea”.