Disfrazarse de gladiador
En el Tercer Carnaval de las Artes, organizado por la Fundación La Cueva y celebrado en Barranquilla (Colombia), dos boxeadores y dos luchadores relataron sus luchas personales
Por Paul Brito Ramos
Una de las primeras lecciones que aprende un boxeador es que el miedo es un ingrediente natural en su oficio. Un pugilista sube al ring y debe enfrentarse a sí mismo: a sus amenazas y fantasmas internos, a sus debilidades y límites interiores.
Si el boxeo fuera un género literario diríamos que es una forma de la épica: un hombre debe vencer a un ejército de obstáculos y límites, pero solo podrá hacerlo con sus puños y derrotando a ese otro ejército de posibilidades, a ese héroe contenido que hay en el fondo de cualquier hombre.
En el Tercer Carnaval de las Artes, organizado por la Fundación La Cueva y celebrado en Barranquilla (Colombia), dos boxeadores y dos luchadores relataron sus luchas personales, aquellas que han tenido que librar contra las circunstancias adversas y contra el destino, muchas veces confabulado en su contra; evocaron cómo combatieron la pobreza y las condiciones más desfavorables de sus inicios, y cómo el valor y los instintos, fuera y dentro del cuadrilátero, lograron imponerse.
En una esquina del teatro Amira de la Rosa estuvo Roberto ‘Mano de Piedra’ Durán, el carismático pegador panameño, considerado uno de los mejores boxeadores de la historia, con 103 peleas ganadas (de las cuales 70 fueron por nocaut) y cuatro títulos mundiales en diferentes categorías.
“Antes se peleaba por el orgullo propio —afirma el ahora retirado pugilista—, por la patria, por el amor a ganar. Nosotros peleábamos por la satisfacción de ser campeones, de ser los mejores, y ojo, que lo que nos pagaban no era gran cosa. Nuestra meta era ganar, ganar y ganar, porque cuantos más combates ganábamos más grandes éramos y más respeto imponíamos sobre nuestros rivales”.
Tal mentalidad fue puesta a prueba por el panameño en una de sus últimas peleas a una edad en que otros boxeadores están moviendo sus brazos para arrullar a sus nietos. El 17 de junio de 2000, con 49 años de edad y después de haber sufrido un desprendimiento de retina, ‘Mano de Piedra’ Durán derrotaba al estadounidense Pat Lawror por el trono mundial vacante del peso supermedio de la recién creada Asociación Nacional de Boxeo (NBA).
En la otra esquina: Ultiminio Ramos. Nacido hace 67 años en la provincia cubana de Matanzas, ‘Sugar’ Ramos es otro de los grandes pugilistas latinoamericanos de la historia. Hasta qué punto las emociones pueden ser armas en una pelea lo demuestra la siguiente anécdota: minutos antes de un combate, Ultiminio recibe la noticia de que ha nacido su hijo Lázaro. La buena nueva es motivo suficiente para que el pegador acabe en dos asaltos a su oponente.
En su caso, la gloria también vino acompañada de dolor. ‘Sugar’ Ramos vivió el drama de provocar la muerte con sus puños, no a uno, sino a dos de sus contendores. Primero, al acabar con la vida de José el ‘Tigre Blanco’ en La Habana, en 1958. Después del trago amargo, Ramos estuvo a punto de retirarse, de no ser porque la misma familia del ‘Tigre’ lo animó a seguir peleando, pues —le expresaron— su destino era ser campeón.
Cinco años más tarde, en Los Ángeles, la historia se repetía: le arrebató no solo el cinturón sino la vida al afroamericano Davey Moore, quien de forma irónica había afirmado días antes de la contienda que para que Ultiminio Ramos pudiera arrebatarle el título tendría que matarlo.
La velada es recordada por el boxeador matancero: “Para mí fue desastrosa aquella noche que me convertí en campeón mundial. No pude disfrutar la victoria al saber que había muerto mi rival; eso me afectó emocionalmente y no lo pude olvidar”. Sin embargo, el peleador se convenció de que “la vida es ir para adelante, abrir camino, arrancar cabezas”, apoyado en las palabras de su padre, a quien le prometió ser campeón.
Pero no todo fue el deporte de las narices chatas en esta edición del Carnaval de las Artes. Una de las leyendas vivientes de la lucha libre invitada es Blue Demon Junior, que proviene de una estirpe de guerreros. En la actualidad, el Enmascarado Azul, hijo adoptivo de la mítica figura Blue Demon, lucha contra un enemigo más implacable que cualquiera de sus contrincantes: el cáncer de garganta, una enfermedad que según el diagnóstico médico se debió a un golpe recibido en una pelea en Medio Oriente, pero que en un espíritu grande como el suyo es motivo para seguir luchando, desde otro frente, con una fundación para combatir la enfermedad.
El Santo Junior, luchador que tuvo que poner el doble de perseverancia para imponerse en este deporte ante el recelo de los seguidores de su padre, el legendario El Santo —recordado por su infaltable máscara de plata— completó el cartel de gladiadores invitados al evento.
La leyenda cuenta que cuando Rodolfo Guzmán Huertas, alias el Santo, vio a su hijo menor Jorge vestido con el inmortal uniforme plateado de su personaje, no pudo contener las lagrimas, al recordar sus inicios en la carrera de lucha libre. Para los mexicanos, el Enmascarado de Plata representa un símbolo de gran orgullo, lo equivalente a Superman para los gringos, con la diferencia de que nuestro enmascarado es un héroe más popular al alcance de las clases menos favorecidas.
“Los seres humanos usamos máscaras todos los días –afirma el Hijo del Santo, que ya lleva 26 años luchando–. La máscara es una manera de defendernos, de guardarnos ante los demás y de ocultar nuestras debilidades. Como ser humano también he usado máscaras, pero he tratado de irme despojando de ellas a través del crecimiento interior. La máscara que uso en mis combates es para darle vida a un personaje y es un homenaje a mis antepasados aztecas y mayas que usaban las de águilas, jaguares y otros animales para recibir fuerza de ellos, pero debo aceptar que en la vida real es mejor irse desnudando de ellas para encontrar la verdadera felicidad.”

|