Fue en tiempos del gobernador de Guerrero, Israel Nogueda (quien reemplazó al fenecido Caritino Maldonado y fue posteriormente perseguido por Rubén Figueroa Figueroa que lo sacó del puesto para quedarse él) cuando Wolfgang Shoenborn donó “al pueblo y al gobierno de Acapulco” un gran terreno que iba desde la Costera a la playa, para que se se utilizara en proyectos culturales.
Posteriormente, cuando Figueroa se quedó de gobernador vía elección prista y estableció el Plan Acapulco, el terreno original de lo que conocemos como La Casa de Cultura se redujo, pero a cambio, la señora López Portillo, hay que reconocer que con bastante visión, mandó construir 5 casas estilo polinesio, para albergar una galería, una bilbioteca, un lugar para artesanías, un pequeño auditorio, etc. (otra se construyó después para servir de despacho al padre de los Salinas, Raúl Salinas Lozano).
En 1988, con la Ley de Cultura, el gobernador Ruiz Massieu reguló en los artículos 2º y 3º el funcionamiento: “la administración del Centro Cultural Acapulco recae en el Consejo Técnico y un Director.” Dicho consejo está integrado por “el Director General del Instituto Guerrerense de Cultura (fundado en 1983 por el gobernador Alejandro Cervantes Delgado), lo presidirá un representante de la Secretaría de Desarrollo Social , un representante de la Secretaría de Finanzas y Administración, un representante del Ayuntamiento de Acapulco y 5 representantes de la Comunidad Cultural.”
Pero, el regalo altruista a los acapulqueños quedó escriturado al gobierno estatal y quizás por ese pequeño detalle la Casa de Cultura de Acapulco está hoy practicamente abandonada desde que Zeferino Torreblanca es gobernador, contraviniendo la ley y los deseos del benefactor original, sin hablar de la necesidad ingente de espacios culturales que padecen los acapulqueños. Sólo que no es tan fácil desentenderse así de sus obligaciones y el gobierno no puede impunemente abandonar la Casa de la Cultura pues, aunque las leyes mexicanas le valgan gorro y por lo visto los acapulqueños también, existe una Fundación Wolfgang Schoenborn, actualmente sólo con oficinas en Texas, encargada de recuperar la propiedad si no se utilizara para los fines que se donó.
No se vale congelar las aspiraciones y necesidades culturales de los acapulqueños , sólo porque el gobernador no las comparte. No es justo impedirles que utilcen las instalaciones, cerrar los baños, desatender la limpieza y la jardinería, etc. Es algo inaudito, un verdadero insulto al legado de un filántropo y un robo a la población acapulqueña que todavía en el anterior gobierno disfrutaba plenamente de SU CASA de Cultura , que bullía de animación en mucho gracias al incansable entusiasmo y creatividad de su última directora Blanca Reyna. La Casa estaba abierta a todos. Casi no tenía presupuesto, pero se las arreglaba para que no se detuvieran los cursos y eventos.
Al cambiar el gobierno, Zeferino Torreblanca ante el asombro general nombró en la dirección del Instituto Guerrerense de Cultura, puesto ocupado con inteligencia y conocimiento por Hubert de la Vega, a una de sus amigas que no reune las condiciones mínimas para semejante encomienda, Laura López Victoria. Fue un misterio que se aclaró cuando alguien informó que el mérito de la señora consistía en haber acompañado otrora a Torreblanca en Alcohólicos Anónimos en la aplaudible lucha de ambos por dominar la enfermedad. En Chilpancingo la señora despachaba en lo que fue la oficina de José Francisco Ruiz Massieu y en Acapulco aprovechaba su puesto en dos tareas: Comer en los restaurantes porteños a los que se hacía invitar y en los que acostumbraba pedir comida para llevar y en hacerle la guerra a la citada Blanca Reyna.
Las razones de su súbita destitución del IGC son tan misteriosas como las de su nombramiento inicial. Y es hoy directora otra gran amiga del gobernador, Nora Bárcenas, una señora muy mona y reaccionaria que no se atreve a nada por la acrítica veneración a su jefe, la que es presuntamente la directora del IGC. El abandono de la Casa de la Cultura es una más de las manchas en el gobierno de Zeferino. Constituye una de las grandes manchas de su equivocado gobierno. No por nada han estado apareciendo en los periódicos nacionales El Universal y El Financiero, vaticinios sobre la posible caída del gobernador de Guerrero, precisamente por lo mal que gobierna.
Volviendo a los en otro tiempo agradables jardines tropicales de La Casa de la Cultura de Acapulco , lo único ad hoc que queda en ella es la galería de Luis Peimbert , pero hay que señalar que a su lado una de la casas polinesias “destinadas a la Cultura” es dominio de comerciantes comunes que lejos de vender y proteger a las maravillosas artesanías guerrerenses como debería ser en ese espacio, venden por toneladas las mismas “chinaderas” que han inundado las playas del mundo. Y esto significa un engaño grave a propios y extraños , a visitantes que creen adquirir artesanías auténticas de nuestro país en una casa de cultura. La traición a los artesanos mexicanos es inadmisible y otro de los efectos de la cerrazón del gobierno estatal. En otros tiempos, se podían adquirir en una de las casas los “telares” maravillosos de las amuzgas, por ejemplo.
Otros a los que les cerraron las salas fueron los diferentes grupos de músicos de la extraordinaria Orquesta Filarmónica de Acapulco. Ya no pueden hacer eventos y les quitan espacios para ensayar. Hoy sólo en fiestas privadas se puede escuchar a esos grupos pequeños de músicos que enriquecían el ambiente musical porteño. En la Casa de la Cultura se podía acudir antes a escuchar conciertos especiales como no los hay de tan fácil acceso en ningún lugar del mundo.
La biblioteca por otra parte, abandonada como está, corre el peligro de ser destruída en poco tiempo por todos los agentes tropicales que sabemos. ¿Y Félix Salgado Macedonio qué hace para defender la Casa de la Cultura del puerto que supuestamente gobierna? ¿Y Ernesto Rodríguez, Secretario de Turismo estatal, acaso no recuerda que la Casa de Cultura de Acapulco atraía y agradaba a innumerables turistas? ¿No son capaces de recomendarle un poco de cordura a su gobernador? Es por Acapulco.
Uno de los grandes paliativos para el pueblo en épocas difíciles como la que vivimos, es la Cultura. Zeferino, por más amigo que sea de Calderón, no tiene derecho a seguir la “Política Panista de la Ignorancia”, reduciendo el presupuesto cultural y regresando a la oscuridad.
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