TESTAMENTOS INESPERADOS
Por Alejandro José López Cáceres
Una vieja amiga, maestra de escuela, me contó que había estado conversando con sus alumnos sobre el futuro que cada quien soñaba para sí. Por supuesto, les formuló la tradicional pregunta: “¿Qué te gustaría ser cuando seas grande?”. Y la respuesta que obtuvo de la mayoría, me dijo, la dejó perpleja: “Cuando grande me gustaría ser famoso”. Ni los niños ni las niñas, en general, le hicieron demasiadas precisiones en relación con los oficios u ocupaciones que les gustaría desempeñar; al parecer, eso era lo de menos. La sociedad contemporánea nos ha vuelto adeptos a la religión del éxito y la figuración. Cada vez resulta más difícil hallar alguien que resista semejante tentación y prefiera entregarse de modo sosegado, sin aspavientos, al ejercicio de su vocación.
Entre los escritores, desde luego, ocurre exactamente lo mismo. Abundan quienes se desviven por ser entrevistados, promocionados, recomendados. Y no creo que haya nada reprochable en ello, excepto cuando, en procura de la aceptación pública, se renuncia a la búsqueda de una voz propia y a la consolidación de una particular mirada sobre la vida. Porque precisamente lo que hace que un autor sea tal es una cierta relación con el lenguaje y una cosmovisión personal. Lo contrario llevaría a una escritura industrial: golosinas producidas en serie para lectores de criterio estándar, masajes cerebrales para sujetos de mentalidad empobrecida. El antónimo de la literatura.
Por fortuna, los autores no han desaparecido aunque, es necesario decirlo, algunos han pagado caro su menosprecio por los dictámenes externos. Hay quienes se han negado a acatar directrices políticas, quienes han rivalizado con modas estéticas e intelectuales, quienes han desafiado sociedades totalitarias, quienes han hecho caso omiso de las veleidades comerciales. Y las penas que en su momento les han impuesto incluyen la prohibición de sus obras, la quema de sus libros, la cárcel, la calumnia, el destierro, el ocultamiento, la muerte. Sin embargo, gracias a que estos hombres y mujeres de letras han permanecido fieles a su propio talento, las diferentes tradiciones literarias han logrado su consolidación. Porque la literatura es incompatible con el pensamiento único.
Por eso de vez en cuando ocurre que la casualidad nos trae un desconocido autor del pasado, alguien que no aceptó las imposiciones de su época y a quien, por ello, en represalia, le fueron negadas las mieles del éxito. Y sucede que, pese a todo, ese alguien se dedicó a escribir, a ejercitar de su vocación, al cultivar su lucidez, de modo que ese alguien, contra todo pronóstico, ha logrado dejarnos su testamento literario. Ya ha acontecido en otras ocasiones, con un tal Standhal y un tal Kafka, entre otros. A nosotros nos ha tocado ahora la felicidad de toparnos con un tal Sándor Márai. Entonces, descubrís de pronto un libro como “El último encuentro”, una verdadera joya que permaneció en el olvido durante más de cincuenta años. Al leerla sentís que una parte ignara de tu geografía interior está siendo nombrada por primera vez, está siendo fundada. Y una especie de esperanza te reverdece por dentro, porque caés en la cuenta de que alguno de esos niños o de esas niñas que asisten a la escuela donde enseña mi vieja amiga, un día de éstos, el menos pensado, se le va a acercar para decirle: “Ya sé, profesora, ya lo descubrí: cuando sea grande quiero escribir”.
MÁRAI, Sándor. “El último encuentro”. Editorial Salamandra. Barcelona, 2000.
Alejandro José López Cáceres
Escritor y realizador audiovisual colombiano, nacido en Tuluá, en 1969. Ha publicado un libro de crónicas: Tierra posible (1999), otro de ensayos: Entre la pluma y la pantalla: reflexiones sobre literatura, cine y periodismo (2003), otro de cuentos: Dalí violeta (2005), y uno más de entrevistas y crónicas: Al pie de la letra (2007). Ha sido finalista en diversos certámenes de cuento a nivel nacional e internacional. Entre los años 2004 y 2008 dirigió, en la ciudad de Cali, la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Actualmente reside en Madrid.

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