Aprovechemos este misterio, esta enfermiza complicidad, donde la autora y su ángel interno
rompen el silencio como venganza. Estos versos escogidos de Isaily
Pérez, demuestran el paso de un tiempo, de esos hechos transcendentes
de la memoria y la culpabilidad del alma. Su voz como fuego y crónica,
con una dulzura y beldad mezclada, no deja de seguir esa emoción en la densidad que la luz de sus palabras deja.
Abstraído,
el lector repasa estas líneas como un ávido escarmiento, sintiéndose
llevar por el viento y recorrer esos instantes que el humano merece
para convertirse en proverbio. Entonces, dejemos la duda, paseemos por
donde se cruzarán lancinantes tus ojos y podamos recordar, luego, sobre un muro bajo el horizonte.
1900. LOS DÍAS DEL CINEMATÓGRAFO
( para Lidialys )
Vestida impresionista Ella acaba de aparecer en el vestíbulo
sombrilla Marie Laurencin y lentes azules montados al aire,
con el novísimo claxon de su automóvil de celuloide
llegó 1900.
Yo no quiero decir que estoy por Ella perversamente loca
que desfilo amaneradamente bajo los globos de luces amarillas,
que todos me observan con disimulo,
algunas damas desearían en secreto tener un sombrero que levantar
y Rodolfo Valentino las mira desde carteles
levemente curioso.
Aprovechemos este misterio
esta enfermiza complicidad.
Cuando llegue el Jazz yo no podré avanzar discreta
pasar casi felínica por tu lado
y lanzarte el humo verde de mis cigarros de jade.
Es la era de la frivolidad y la inocencia
tus lentes ocultan la respuesta de unos párpados pesados de deseo
mas no quieres romper el encanto.
Cuando la función termine
irás a casa huyendo de ti misma,
una casa representada en mi mente como una bola de vidrio
un vendaval de hojas secas rodando bajo el Dion Bouton.
Tuyo es ese ángel que impregnó 1900,
en todos los Café se conversaba de ti
y no importó pagar otra ronda de añejo
con tal de sostener tu nombre entre los labios
un último minuto,
una última lanza estrellada contra el tedio.
Eras tan amable que siempre te dejabas ver un poco
sonrisa art-nouveau y lentes azules al aire,
buscabas con la vista a alguien que no apareció
porque yo siempre pensé que las horas de vivir
sólo suenan de noche.
El ídolo italiano invadía la ciudad con El Hijo del Sheik
a las ocho y media la retreta comenzó a tocar
y en los Estados Unidos los gángsteres se mataban a balazos.
Yo preparé mi boquilla más larga
el esmalte de uñas negro me asemejaba a Theda Bara
por eso decidí no usar vaselina
y realzar mis ojeras.
La ciudad parecía un cuento
con la paz que dan las luces amarillas
y la Banda de Música ejecutando en silencio,
pero la ciudad eras tú misma que llegabas tan intensa
que mirarte excitaba.
Son estos los días del cinematógrafo
y han vuelto a ponerse de moda los héroes.
Percibo que pronto callará el piano de la sala oscura
y se oirán sus latentes voces.
Valentino, un gato ansioso de tejados,
la Garbo ronca y filosa como una navaja abierta.
Yo no quiero decir que estoy por Ella perversamente loca.
mientras la miro exhala mi boquilla un humo lento.
Ella ni siquiera se sonroja
semisonríe aceptando que sueño conocerla.
Ambas sabemos que vamos mañana a despertar gloriosas
Ella desnuda
y yo fumando a su lado mis eternos cigarros verdes
en un daguerrotipo de 1900.
****
IMPRUDENCE
(tienda de humo)
Sentía los signos llegar a mí
como círculos concéntricos de agua.
Me dije:
adelantando el invierno alguien viene.
Yo estaba ciega por blanca escarcha.
Fumaba mis cigarros
con manos que temblaban
no de frío.
Era julio, era diez de julio en una tienda de humo
llamada Imprudence,
no cesaba de mirarme en las vidrieras de aquella tienda de humo.
No era tan bella como antaño
mas la ruta de la seda pasaba a través de mí.
Ya no importaba ser bella,
abanico levantado por los dioses
yo era un mito en mi coto de caza.
Pero alguien adelantaba el invierno
y confundía su emoción en la densidad del aire.
Seguiría esa emoción como un hilo adonde me llevase.
Ella, la Reina de las Nieves en su armiño,
avanzaba llenándolo todo de significación
(aún si no existiese la que habla
lo llenaría todo de significación).
Su sombra rectángulo de luz en la luz de la plaza para siempre.
Ella desafinaba a los paseantes con su ritmo hierático,
caracol de sonido en los inconsistentes sonidos del mundo.
Como un fragmento de Dios
la vi al unísono bajo la luz distinta de los meses;
vi sus ojos memorables.
Enmudecieron los signos como piedras que se pierden bajo el agua
y el mundo fue una esfera de paredes nevadas
que mi mano sostuvo un segundo,
una estación
¾si esta angustia de índigos cesase¾.
De repente trepidaban superficies
y hacia mí corrían silenciosos caballos,
deshaciendo la tienda de humo
atravesando espejos irreales.
Me dije:
esto no existe,
son solo palabras que te soplo
para cubrir tu hermosura demasiado grande.
Era diez de julio pero invierno
invierno, opacidad narcisista, mi casa.
Como culpables postales donde no transcurre nada
lentamente comenzaban a emerger
los parques.
****
RETRATO DE DIANA
Divide un horizonte diagonal esta foto,
encima el cielo
se mueve macizo como un témpano
y no retorna,
debajo el tremor de un mar antiguo
velado por las troikas.
No entiendo si esas troikas se aproximan o zarpan
pues cerca de ti
difumina todo y nada permanece,
incluso yo.
Miro correr las nubes
blancos pabellones batiendo mi emoción
que advierten:
intensa es la memoria de esta foto;
aun ella desaparecerá
y las troikas, que despiertan el ámbar y lo emergen en copos,
y galeones despegando del mar con el cielo por velamen,
cruzarán lancinantes tus ojos.
Alguien abstraído ha tomado esta foto
y la foto se volvía memoria antes de ser.
Sumergida luego comenzaba a revelarse
cercanía de colores, ampliación del mar
y los dedos de Dios grababan sus formas
sobre la superficie que soy.
Alzaba alguien esta foto:
secada al aire como un trozo de papel
(como un estandarte)
y el rostro de Dios caía en gotas.
Sobre el muro bajo el horizonte
como un nenúfar desprendido y nácar
más que asentarte existes,
más que existir trasciendes
orden de Dios, sonido de olifante,
batir de gonfalón, lis de plata.
No sé de dónde vienes, espejismo de inmortalidad,
mas si entendiese
la Gracia sería suspendida.
Pescadores de ámbar hunden redes en tu imagen,
ya cesen sus cantos
planos de agua compondrán nuevamente
el vitral del océano
y yo, estatua de sal, quedaré para contarlo.
Acaso sin saber
porque esos ojos entregaban más luz que la recibida
alguien hizo tu foto,
no será otra razón mayor ni suficiente.
Y ni siquiera yo lograría igualarlo.
****
EN EL AÑO DE SU EDAD
I
La he visto en el año de su edad
y tengo miedo,
lictores fingiéndose público llenarán el espacio
de abanicos móviles:
aleteos que revuelven mi angustia blanca.
La he visto en el año de su edad
y no respiro,
cual si nada pasara ilusivos actores suspenderán el clamor de Electra
en la temible frase
qué animal que yo no puedo ver entra en mis sueños.
La he visto en el año de su edad mezclada en el confuso lunetario.
Junto al cenital que aparenta la luz de Micenas
cerraré los ojos cuando todo termine
y se levante ella como un dios bajado por las máquinas.
****
II
Si has de hablar de los antiguos
pues marca este día con una piedra blanca:
sorprendiste lo invisible en lo visible
y estrechaste en tu mano adventicias sustancias.
No te engañes,
el momento en que la viste alzarse
reteniendo su esplendor a duras penas,
irá a juntarse en el odre del tiempo a esta tarde en que escribes;
y aquella que entornó tus ojos
al huirse intempestiva del asiento en su año 30 rumbo al cielo,
estará de ti más cerca que la estrechada ahora
- eso es el tiempo y no otra cosa -.
La has visto en el año de su edad,
toda la belleza eleática rebasándote en la penumbra del teatro;
y a través de Electra te conmina el apogeo de los dioses
hacia una región iluminada del destino
en donde no sabrás usar tus ojos.
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EN LA SALA DE ESPERA
(sobre El Gran Meaulnes)
Igual que en los mapas las letras Atlántico al océano
la contuvo el salón,
y casi derramaba.
Con suave impaciencia su pierna fue adelante
y al albeado esplendor dijo alguien: luces,
al verla recogerse suspiró: se apagaron.
La excesiva claridad de un Rembrandt hubiera sido menos acre,
cegada por su luz ya casi audible
en la sala de espera la misma voz: que termine,
inadvertidamente cesó ella de moverse.
Mecióse entonces, desde otra tarde, la enramada de muérdago,
giraron los bancos,
y creció el entrecielo hasta la pérgola.
Dijo la voz:
todo cumple tu voluntad, o al menos lo he creído de ese modo,
igual que en los mapas vi un océano donde otros letras: Atlántico.
Un instante,
una sílaba de oposición para que entreabriese la duda sus párpados.
En el salón de espera tomó ella sus cosas,
en el salón del juicio ascendían las aguas,
mientras iba serena hacia las puertas mi corazón pesaban
y fue insuficiente.
Sin volverse a mirar fugaba hacia otra parte la vida verdadera,
comenzaron a barrer la sala.
Ahora sé que la más impensada estancia
parecerá su lugar definitivo,
y allí he de encontrarla como voluta de invierno en pleno mayo,
como arena que se asienta después del coletazo,
o imagen subliminal de un framboyán
entre dos escenas de oscuridad profunda.

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