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ANIMALES URBANOS III: ávidos Imprimir E-Mail
Escrito por Santiago Serrano   

 

 

 

 

Tercera Historia

"Ávidos"

 

Image

 

 

 

 

Callejón de una gran ciudad.
Un hombre ciego viste un sobretodo oscuro de elegante confección, lleva un bastón y lentes negros.
Se mueve torpemente en el espacio. Tantea buscando algo en el piso.
Un joven vestido descuidadamente entra por izquierda.
El ciego parece inquietarse al sentir la presencia de un desconocido.
El muchacho se detiene y lo mira con curiosidad.
El ciego vuelve a su búsqueda con torpeza y mayor apuro ante el extraño.
A pocos metros, el joven descubre que hay un manojo de llaves sobre la acera. Se acerca y las  toma con su mano.
El sonido de las llaves hace reaccionar al ciego quien dirige su cabeza hacia esa dirección.
El joven comprende que ése es el motivo de la búsqueda. Camina unos pasos y hace sonar nuevamente las llaves para comprobar su hipótesis.
El ciego vuelve a reaccionar inmediatamente al estímulo.
Con malicia el muchacho camina hacia otro extremo e insiste con el sonido.
Otra reacción llena de avidez del ciego, quién se desplaza con dificultad, confirma que ese objeto es el que busca.
El joven mira hacia los cuatro costados para ver si alguien está observando su “travesura”. La soledad y su poder sobre el discapacitado lo hace insistir en su juego. Deja que el ciego se acerque a pocos pasos y luego se desliza a otro sitio haciendo tintinear las llaves.
Los movimientos del ciego son cada vez más torpes y desesperados. Cae de rodillas y grita.

 

 

Ciego:         ¡Por favor! Necesito esas llaves.

Joven:         Venga a buscarlas.

Ciego:          ¿Por qué me hace esto? ¿Quién es usted?

Joven:          Yo también necesito muchas cosas y sin embargo…

 

 

Hace sonar el llavero nuevamente.
El ciego reacciona tratando de incorporarse y nuevamente cae al piso.

 

 

Ciego:          ¡Basta con este juego! Le ordeno que me las entregue inmediatamente.

Joven:         No está en condiciones de dar órdenes. Por lo visto estas llaves abren algo muy valioso para usted.  Yo, si estuviera en su situación, haría cualquier cosa para obtenerlas. Esta llave quizá abra la puerta de un caserón de los suburbios. ¿Tiene parque con piscina? Esta otra seguro que es de una caja de seguridad.  ¿Qué guarda ahí? ¿Billetes? ¿Oro? ¿Joyas? ¿Y esta pequeñita qué abrirá? Hasta tiene la llave de un coche. ¿Para qué tiene automóvil? Seguro que tiene chofer o alguna linda mujer se lo conduce.

 

 

El ciego se desespera tendido en el piso elevando el bastón a los cuatro vientos.

 

 

Joven:         Eso le pasa por tener tantas cosas. Yo sólo tengo la llave de la habitación que alquilo. Voy liviano por la vida. Ni monedas tengo. Y ni hablar de billetes.

Ciego: (Desesperado) Por favor.  Si no me las devuelve voy a gritar.

Joven: Grite y saldré corriendo con las llaves y las perderá para siempre.

Ciego: No me haga eso… Se lo suplico. No abuse de alguien como yo.

Joven:          ¿Lo dice porque no tiene la facultad de ver?

Ciego:          ¿Le parece poca cosa?

Joven:         Yo no tengo trabajo. No tengo la posibilidad de estudiar. No tengo una casa propia. Soy un joven discapacitado social (Se ríe). Para nosotros nadie hace rampas especiales, no disponemos de idioma de señas, ni libros en braille, ni siquiera contamos con audífonos hipersofisticados. ¿Quién se acuerda de nosotros?

Ciego:         ¿Y por qué toma revancha conmigo?

Joven:         Quizá tenga razón. Pero para alguien como yo, ejercer, alguna vez el poder, es un lujo poco habitual. Un placer más grande que la comida más soñada.

Ciego: Estoy dispuesto a darle lo que quiera a cambio de esas llaves.

Joven:          ¿Lo dice en serio?

Ciego:          Soy muy generoso con quien colabora conmigo.

Joven:          Quien tiene dinero puede comprar todo lo que desea.

Ciego:          No lo crea.

Joven:          ¿Y cuánto piensa darme?

Ciego:          Todo lo que llevo en la billetera.

Joven:          ¿Todo?

Ciego:          Hasta mi tarjeta de crédito si no es suficiente con el dinero que llevo encima.

Joven:        Parece que nos vamos entendiendo.

Ciego:          No creo que haya comprendido nada. Déme las llaves y le daré el dinero.

Joven:        ¿Me toma por tonto? Luego no me dará nada.

Ciego: Soy alguien de palabra. Lo prometido es deuda. Usted tiene algo indispensable para mí y lo daría todo por obtenerlo.  

Joven: Se pondrá a gritar en cuanto tenga las llaves. De ningún modo. No está en posición de poner condiciones. El trato se hará como yo diga.

Ciego:          Tienes razón. Lo haremos como usted quiera. Estoy dispuesto a ceder en todo. Ya no soporto esta situación.

Joven:          ¿Ese reloj que lleva es de oro?

Ciego:          ¿Lo quiere también? Es suyo. (Se lo arroja arrastrándolo por el piso)

Joven:          (Tomando el reloj con avidez) En serio que es generoso. Queda muy bien en mi muñeca. (Observando extrañado el reloj) ¿Cómo hacía para saber la hora sin poder ver las manecillas del reloj?

Ciego:          No siempre he sido ciego.

Joven:          ¿Desde cuándo?

Ciego:         Hace menos tiempo del que usted podría suponer.

Joven:          ¿Un accidente?

Ciego:          Podría llamárselo así.

Joven:          ¿Y no ve ni siquiera sombras?

Ciego:          No tengo ojos. Los perdí. Ahora solo dos agujeros oscuros. Tenía ojos verdes. ¿Usted?

Joven:          Creo que marrones.

Ciego:         Imagino perfectamente sus ojos jóvenes con ese brillo que sólo da la juventud. Ojos atentos a todo lo que se les presenta. A cada oportunidad.

Joven:          Páseme ahora la billetera y terminemos con esto. 

Ciego:          ¿Y quién me garantiza que luego no saldrá corriendo? Ya le he dado mi reloj que es muy valioso.

Joven: Está bien. Pero no se le ocurra gritar. Confiaré en usted. Le tiraré las llaves. Cuando las tenga, espero que cumpla con su palabra.

 

 

El joven arroja las llaves que caen junto al ciego. Éste las busca arrastrando sus manos sobre el piso hasta encontrarlas.

 

 

Joven:          Quiero la billetera, ahora.

Ciego:          (Sacándola de su bolsillo) Es toda suya.

Joven:          Arrójela.

Ciego:          (Abre la billetera y se dejan ver muchos billetes) Es de buen cuero. Muy suave. Parece la piel de una mujer. Sería una pena arruinarla tirándola al piso. Tome, se la doy. (Estira la mano en dirección al joven).

El joven camina unos pasos y duda.

Joven:          No estará pensando en hacer una locura. Aún si no fuera ciego soy mucho mas fuerte que usted.

Ciego:          Sé reconocer cuando estoy derrotado. No diga tonterías. Tome el dinero que tanto desea y váyase.

El joven se acerca al ciego. Estira su brazo para llegar a alcanzar la billetera desde lo más lejos posible.

Ciego:          Es toda suya.

Joven:          (Tomando la billetera con rapidez) Es cierto que el cuero es suave.

Ciego:        Se lo dije.

Joven:          (Entusiasmado) Hay mucho dinero.

Ciego:          Lo prometido es deuda.

Joven:          Es alguien de palabra. No abundan tipos así. No crea que hago siempre esto. Hoy fue sólo por desesperación.

Ciego:          Conozco muy bien la desesperación.

Joven:          Adiós. (Comenzando a alejarse y aún mirando su botín)

Ciego:          ¿Me va a dejar aquí en el piso? Por lo menos ayúdeme a ponerme de pie.

Joven:          (Se da vuelta sobre sus talones) Sólo levantarlo. No me pida nada más.

Ciego:          Sólo eso.

 

 

El muchacho se apiada. Se acerca al ciego y le estira un brazo.

 

 

Joven:          Aférrese a mi brazo.

 

 

Con rapidez sorprendente el ciego  toma al joven del brazo y lo hace caer al piso. Coloca el bastón aprisionando la garganta de su víctima. Lo paraliza.

 

 

Joven:          (Aterrorizado)  No me lastime. Le devuelvo todo.

Ciego:         Todo lo que le di es suyo. Quiero otra cosa.

Joven:          ¿Va a matarme?

Ciego:         En cierta forma, sí.

 

 

Ferozmente y como un ave de rapiña le arranca los ojos al muchacho quien lanza un grito ahogado. El ciego se coloca sus nuevos ojos.

 

 

Ciego:          ¿Dijiste que eran marrones?

 

 

Aterrorizado el muchacho está inmóvil.
El hombre le deja el bastón y le coloca los lentes al muchacho. Luego sale rápidamente. Antes de hacerlo, deja caer el manojo de llaves.
El joven, ciego, se incorpora y camina torpemente en el espacio.
Por derecha entra una anciana. Se tropieza con el llavero.
El ciego, ávido, dirige su cuerpo hacia el sonido.

 

Anciana:         Alguien ha perdido estas llaves. ¿Son suyas, joven?

 

 

 

 





 

 

 

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