TEATRO LATINOAMERICANO(RESEÑA)
La existencia de un teatro
prehispánico ha sido muy discutida ya que se poseen escasos datos
sobre cómo pudieron haber sido las manifestaciones espectaculares
de los pueblos precolombinos, pues la mayor parte de ellas tenían
carácter ritual, por lo tanto, más que espectáculos
en sí, eran formas de comunión que se celebraban durante las
festividades religiosas. Las representaciones rituales precolombinas consistían
básicamente en diálogos entre varios personajes, algunos de
origen divino y otros representantes del plano humano.
Existe, sin embargo, un
único texto dramático maya, descubierto en 1850, el Rabinal
Achí, que narra el combate de dos guerreros legendarios que se
enfrentan a muerte en una batalla ceremonial. Su representación depende
de elementos espectaculares como el vestuario, música, danza y expresión
corporal, sin ninguna influencia de origen europeo.
El resto de las tradiciones
rituales sobreviven debido al sincretismo derivado de la fusión de
las culturas autóctonas con la europea, con lo cual muestran hasta
hoy un aspecto singular que no corresponde ni al indígena ni al español.
Tal es el caso de las celebraciones religiosas populares mexicanas de Semana
Santa en Iztapalapa y en Taxco o la celebración del Día de
los Muertos.
Los esfuerzos de evangelización
de los misioneros españoles se apoyaron en el teatro, que constituyó
el instrumento básico para formar una mentalidad distinta a la cosmovisión
indígena, así como para informar de la concepción europea.
Las representaciones de los autos sacramentales se apoyaban básicamente
en la música, los trajes, cantos, bailes y pantomimas que facilitaban
la comunicación entre espectáculo y público que aún
no dominaba el castellano. De este tipo de teatro sobreviven las "pastorelas",
obras de carácter tragicómico representadas aún en
México durante las festividades navideñas. La acción
de todas ellas muestra las 'tentaciones' impuestas por una serie de diablos
cómicos, que deben ser superadas por los pastores en el camino hacia
el portal de Belén para adorar al niño Dios. Estas obras son
un símbolo del camino de la vida que tiene como meta la contemplación
de Dios.
En general la producción
latinoamericana hasta la independencia, a principios del siglo XIX, estuvo
influida en gran medida por el teatro español. A partir de finales
de ese mismo siglo tal influencia se vio acrecentada especialmente por autores
como Leandro Fernández de Moratín, José Zorrilla y
José Echegaray, cuya influencia, junto con la de Jacinto Benavente,
avalados ambos por el Premio Nobel, definió un modelo de teatro bastante
antiguo en su concepción para ese momento.
En el siglo XX, con la
llegada del realismo y las vanguardias europeas, ese teatro latinoamericano
comenzó a ocuparse de su realidad particular y a buscar sus propias
técnicas de expresión.
Teatro
Argentino
El teatro argentino acusó
una gran dependencia del teatro europeo (español, italiano y francés)
hasta finales del siglo XIX. Entre los teatros más sobresalientes
construidos antes del 1900 están el Colón, los de la Opera
y Variedades, Liceo, Politeama, Nacional, Etc. desde los años (1857-1893)
estos son los más sobresalientes. Juntos a ellos otros teatros de
calles.
Unos y otros poseen una
característica: se hallan en manos de elencos extranjeros, particularmente
españoles e italianos pero también franceses, ingleses y de
otras lenguas. En unos se ofrece el gran repertorio universal, clásico
y moderno, animado por los artísticos dramáticos y lírico
de mayor fama mundial. En otros se compone las carteleras con zarzuelas,
bodeviles y piezas de diversión de variado origen y, ya hacia fines
del siglo, abunda en ellos el llamado "genero chico" hispano. El gran teatro
es mantenido por una elite para su particular necesidad cultural, regusto
artístico o simple figuración social. En la escala menor también
es frecuentado por dicha elite, en tren de "francachela" o entretenimiento,
pero la programación se dirige y atrae a un publico más popular
en todo sentido. Mucho influye así mismo, por supuesto, los muchos
costos de las entradas, mas al alcance y la liberalidad que existe para
asistir a los espectáculos. Pero, importa señalarlo, por varias
décadas se carece no solo de un teatro de obras nacionales, sino
también un elenco integrados por artistas criollos que pueda interpretar,
sin falseamientos de ninguna índole, a los autores locales. Que nunca
a faltado y por entonces ven obligados a entregar sus obras a prestigiosos
conjuntos extranjeros, particularmente españoles (como le ocurre
a Martín Coronado), o traducirlas a otro idioma que es lo que hacen
Nicolás Granadas con dos de sus piezas, para que pueda ser estrenadas
por una compañía italiana este es el panorama escénico,
muy ceñido, por cierto abarca desde Caseros y llega, sin demasiadas
variantes conceptuales hasta comenzar la ultima del siglo pasado.
En 1886, el "Circo
de los hermanos Carlo" encargó a Eduardo Gutiérrez la
adaptación de su novela Juan Moreira (1879) para ser presentada
como espectáculo ecuestre-gauchesco-circense. El papel principal
estuvo a cargo del actor José Podestá quien más tarde
perfeccionó la adaptación de Gutiérrez que consistió
en un mimodrama, convirtiendo Juan Moreira en el drama con el cual
se inicia el teatro argentino con temas de espíritu nacional apoyados
en la figura del gaucho, que conforma todo un ciclo en la literatura no
sólo argentina, sino también uruguaya. Las obras del Ciclo
gauchesco sitúan su acción en la Pampa y tratan acerca de
los abusos e injusticias sufridos por los gauchos, la defensa de valores
sociales y los conflictos con las autoridades debidos a la desigualdad social.
El realismo se estableció
con Florencio Sánchez (1875-1910), que aunque nacido en Uruguay ganó
su prestigio internacional en Argentina con obras como Barranca abajo
(1905). Samuel Eichelbaum (1894-1967) es uno de los autores de más
fuerte personalidad en el teatro argentino de principios del siglo XX. Llevó
la crudeza del naturalismo al teatro con una fuerza dramática excepcional
como puede apreciarse en La mala sed (1920), Un guapo del 900
(1940) y Dos brasas (1955).
En contraposición
con el realismo se sitúa el teatro de Conrado Nalé Roxlo (1898-1971)
con comedias como La cola de la sirena (1941) o El pacto de Cristina
(1945), dramas de vuelo poético y más cercanos al simbolismo.
Durante la década
de 1930 se formó el Teatro del pueblo, grupo teatral que mostró
gran interés por la experimentación y la búsqueda de
nuevas técnicas escénicas que dejaron a un lado el teatro
de autor para centrarse en la figura del director. Esto tuvo como consecuencia
la formación de un nuevo público, más intelectual y
menos popular, interesado por la renovación vanguardista.
Surgieron entonces una
serie de dramaturgos importantes como Roberto Arlt con La isla desierta
(1937), obra inquietante acerca de la burocracia atrapada entre sus deseos
y ansiedades y el mundo cotidiano e inmóvil en que se desarrolla
su actividad. Otros dramaturgos importantes son Carlos Gorostiza El puente
(1949), Agustín Cuzzani; Andrés Lizárraga. Osvaldo
Dragún, muy atento a la problemática socioeconómica
utiliza una vigorosa técnica expresionista y recursos brechtianos
en obras como La peste viene de Melos (1956) e Historia de mi
esquina (1959).
Griselda Gambaro y Eduardo
Pavlosky representan la renovación vanguardista surgida a partir
de los años 1960, década en la cual se alcanzó una
gran libertad de expresión respecto a los problemas sociopolíticos.
Ricardo Monti es otro de los autores tardíos destacados de este movimiento
con obras como Los siameses (1967), El campo (1968), Una
noche con el señor Magnus e hijos (1970) e Historia tendenciosa
de la clase media argentina (1971).
El régimen militar
y su censura dieron paso a obras grotescas y simbólicas alusivas
a la situación social; a este ciclo pertenecen La nona (1977)
de Roberto Cosa y Telarañas (1977) de Pavlosky. Otros esfuerzos
de protesta contra el régimen fueron los realizados por el Teatro
abierto fundado en 1981 dedicado a representar obras de autores reconocidos
y de jóvenes valores, entre los que destaca Eugenio Griffero con
El príncipe azul (1982), que trata sobre los roles sociales
rígidos que llevan a la traición de los más auténticos
y vivos sentimientos.
Con el restablecimiento
de la democracia, la fórmula teatral imperante perdió su sentido
y la escena volvió a ser ocupada por los autores ya consagrados como
Gambaro, La mala sangre (1982); Pavlosky con Potestad (1985),
y Cossa con Los compadritos. A partir de 1983 han surgido nuevos
nombres como Juan Carlos Badillo, Daniel Dátola, Nelly Fernández
Tiscornia, Emeterio Cerro y Carlos Viturelo.
Latinoamericano, Teatro,
teatro de los pueblos de México, Centroamérica, Sudamérica
y el Caribe cuya lengua madre es el español. La existencia de un
teatro prehispánico ha sido muy discutida ya que se poseen escasos
datos sobre cómo pudieron haber sido las manifestaciones espectaculares
de los pueblos precolombinos, pues la mayor parte de ellas tenían
carácter ritual, por lo tanto, más que espectáculos
en sí, eran formas de comunión que se celebraban durante las
festividades religiosas. Las representaciones rituales precolombinas consistían
básicamente en diálogos entre varios personajes, algunos de
origen divino y otros representantes del plano humano.
Existe, sin embargo, un
único texto dramático maya, descubierto en 1850, el Rabinal
Achí, que narra el combate de dos guerreros legendarios que se
enfrentan a muerte en una batalla ceremonial. Su representación depende
de elementos espectaculares como el vestuario, música, danza y expresión
corporal, sin ninguna influencia de origen europeo.
El resto de las tradiciones
rituales sobreviven debido al sincretismo derivado de la fusión de
las culturas autóctonas con la europea, con lo cual muestran hasta
hoy un aspecto singular que no corresponde ni al indígena ni al español.
Tal es el caso de las celebraciones religiosas populares mexicanas de Semana
Santa en Iztapalapa y en Taxco o la celebración del Día de
los Muertos.
Los esfuerzos de evangelización
de los misioneros españoles se apoyaron en el teatro, que constituyó
el instrumento básico para formar una mentalidad distinta a la cosmovisión
indígena, así como para informar de la concepción europea.
Las representaciones de los autos sacramentales
se apoyaban básicamente en la música, los trajes, cantos,
bailes y pantomimas que facilitaban la comunicación entre espectáculo
y público que aún no dominaba el castellano. De este tipo
de teatro sobreviven las 'pastorelas', obras de carácter tragicómico
representadas aún en México durante las festividades navideñas.
La acción de todas ellas muestra las 'tentaciones' impuestas por
una serie de diablos cómicos, que deben ser superadas por los pastores
en el camino hacia el portal de Belén para adorar al niño
Dios. Estas obras son un símbolo del camino de la vida que tiene
como meta la contemplación de Dios.
En general la producción
latinoamericana hasta la independencia, a principios del siglo XIX, estuvo
influida en gran medida por el teatro español. A partir de finales
de ese mismo siglo tal influencia se vio acrecentada especialmente por autores
como Leandro Fernández de Moratín,
José Zorrilla y José
Echegaray, cuya influencia, junto con la de Jacinto
Benavente, avalados ambos por el Premio Nobel, definió un
modelo de teatro bastante antiguo en su concepción para ese momento.
En el siglo XX, con la
llegada del realismo y las vanguardias europeas, ese teatro latinoamericano
comenzó a ocuparse de su realidad particular y a buscar sus propias
técnicas de expresión.
El advenimiento de las
teorías de Bertold Brecht halló
un buen campo de cultivo en Latinoamérica, aquejada por problemas
políticos y con la necesidad de concienciar a su población.
De aquí han surgido teóricos y dramaturgos importantes como
el colombiano Enrique Buenaventura y su trabajo en el TEC (Teatro Experimental
de Cali), o Augusto Boal, en Brasil, quien
ha desarrollado técnicas de teatro callejero y para obreros en su
libro Teatro del oprimido (1975). Grupos como 'Rajatabla' y 'La Candelaria'
se han preocupado por hacer del teatro un instrumento de discusión
de la realidad social sin dejar a un lado el aspecto espectacular y estético
del mismo.
México
A partir de la época
colonial, el teatro se basó completamente en los modelos europeos.
A finales del siglo XVII, destacó en México sor
Juana Inés de la Cruz, autora de Los empeños de
una casa, comedia de enredo con influencia calderoniana cuya acción
transcurre en Madrid y con personajes típicos de las comedias de
la época; Amor es más laberinto, en la cual recurre
a personajes de la mitología griega y El cetro de José
y El divino Narciso (1688), autos sacramentales en los cuales intervienen
personajes mexicanos.
Aunque nacido en Taxco,
México, Juan Ruiz de Alarcón
realizó sus estudios y su trabajo en España. Escrita bajo
una concepción moral a la manera griega clásica, su obra se
diferencia de la de sus contemporáneos en una mayor meticulosidad
en la preparación de la trama y los versos, así como en la
aguda observación psicológica del carácter. En sus
obras los vicios son condenados, a diferencia de las comedias de Lope
de Vega, en las cuales el final feliz, a toda costa, es el fin perseguido.
Sus personajes no son como los de Lope, derivados de las necesidades de
la trama o simbólicos como los de Calderón
de la Barca. Ruiz de Alarcón construye la acción a
partir del carácter de los personajes, que sirve de impulso para
proyectar el mundo interior y el mecanismo de cada obra. Entre sus obras
más importantes están: Las paredes oyen (1628) y Ganar
amigos (1634).
Varios años después
de la independencia se reanuda una producción dramática digna
de mención. Autores importantes de este periodo son Manuel Eduardo
de Gorostiza (1789-1851) con su obra Contigo, pan y cebolla (c.1830),
comedia en la que satiriza el sentimentalismo de los románticos,
y Fernando Calderón (1809-1845) con A ninguna de las tres
(1849), obra muy influida por el espíritu romántico del dramaturgo
español Bretón de los Herreros.
De tal influencia, aunque
trasladada a escenarios y personajes mexicanos surgieron autores como José
Joaquín Gamboa que en la década de 1920 escribió La
venganza de la gleba, obra sin embargo de temática social en
la que se trata la desigualdad, la opresión entre clases y el derecho
de pernada como uno de tantos abusos y formas de explotación que
los latifundistas ejercían sobre los campesinos.
En 1902 fue fundada la
Sociedad de Autores Dramáticos que se interesó por organizar
lecturas de obras de autores mexicanos. Tal circunstancia fomentó
la aparición de dramaturgos que, sin embargo, tenían que competir
con el teatro llegado de España. Fue en 1928, con la formación
del grupo Ulises que se inició un movimiento de vanguardia y renovación
teatral encabezado por Xavier Villaurrutia
y Salvador Novo, quienes, junto con Rodolfo
Usigli, se dedicaron a la traducción de obras de importantes
autores contemporáneos como Henrik Ibsen,
August Strindberg, Luigi
Pirandello, Henri-René Lenormand, Bernard
Shaw, Antón Chéjov, Eugene
O'Neill y otros muchos. Más tarde en 1932 se formó el grupo
del Teatro Orientación, fundado por el dramaturgo Celestino Gorostiza
preocupado por las innovaciones escénicas. Fue este grupo el que
introdujo las técnicas de directores teatrales como Gordon Craig,
Max Reinhardt y Erwin Piscator.
En los años 1950,
Salvador Novo funda el Teatro la Capilla y presenta las obras de Samuel
Beckett y Eugène Ionesco. De los trabajos de Villaurrutia, Novo y
Usigli surgió más tarde el teatro universitario y la carrera
de Literatura Dramática y Teatro de la facultad de Filosofía
y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Los
tres, junto con Celestino Gorostiza, formaron importantes generaciones de
actores, directores y dramaturgos y gracias a ellos el teatro mexicano comenzó
a adquirir personalidad y a tratar problemas propios tomando como punto
de partida la realidad del espectador a quien va dirigido.
El primer gran dramaturgo
mexicano es, sin lugar a dudas, Rodolfo Usigli, autor de una gran producción
rica en matices. Entre sus obras destacan: El gesticulador (1937),
Corona de fuego (1960), Corona de sombra (1943), Corona
de luz (1964), Medio tono (1937) y Los viejos (1970).
La llegada a México
del director teatral japonés Seki Sano, alumno de Stanislavski,
supuso una influencia de primera mano del realismo como técnica de
dirección y actuación. Fue su montaje de Un tranvía
llamado deseo, del autor estadounidense Tennessee
Williams, lo que influyó definitivamente en la formación
de una generación de dramaturgos con un sólido conocimiento
y dominio de la técnica teatral: Emilio Carballido, con Rosalba
y los llaveros (1950) o Rosa de dos aromas (1985), que en la
década de 1980 alcanzó cinco años de temporada y más
de 2.500 representaciones; Luisa Josefina Hernández,
Los frutos caídos (1957); Héctor
Mendoza, La danza del Urogallo múltiple (1970), Oriflama
y Zona templada (1991) son sólo algunas de las obras importantes
de su extensa producción y Sergio Magaña con Los signos
del zodíaco (1951) y Moctezuma II (1954), cuyas obras
inauguraron un nuevo ciclo en el teatro mexicano y el conjunto de su obra
es hoy modelo de creación, debido a su perfección técnica,
libertad estructural, diversidad temática y profunda observación
de su sociedad.
Esta generación
de autores creó la necesidad de unos directores capaces de comprender
y asimilar el universo planteado en las nuevas obras. Surgen también
directores innovadores y preocupados por la experimentación y el
manejo de nuevos recursos escénicos, entre los que destacan: Héctor
Mendoza, Luis de Tavira, Julio Castillo, Ludwick
Margules, José Luis Ibáñez y Juan
José Gurrola.
También destacan
en el panorama teatral mexicano, Luis G. Basurto con El candidato de
Dios (1987); Héctor Azar, Hugo Argüelles y Vicente Leñero,
cuya obra Los albañiles (1964) está basada en las técnicas
del teatro documento apoyado en sucesos sensacionalistas extraídos
de los diarios o de la historia del país que luego recrea eficazmente
en escena.
Destacan además
los nombres de Óscar Villegas, hábil autor cuyas obras poseen
una fuerza dramática impresionante; Willebaldo López, Pilar
Campesino, Hugo Iriart, Jesús González Dávila, Óscar
Liera, Juan Tovar, Víctor Hugo Rascón Banda, Sabina Berman
y recientemente, Hugo Salcedo, ganador en 1989 del premio Tirso de Molina
por El viaje de los cantores.
Cada año se celebran
en México dos importantes festivales artísticos internacionales
en los cuales el teatro tiene un papel preponderante, el 'Festival Cervantino'
de Guanajuato y el 'Festival de la Ciudad de
México'.
Es digno de mencionar
el movimiento de teatro campesino surgido en un esfuerzo por acercar al
teatro a los indígenas residentes en la selva de Tabasco. En un principio
se trabajó con obras de la literatura universal. Su espectáculo
más conocido ha sido Bodas de sangre (1933), de Federico
García Lorca en el cual participó la comunidad entera
en el montaje de un espectáculo en el que todos eran actores y el
mismo pueblo la escenografía. Más tarde, autores reconocidos
han escrito obras más cercanas a su realidad.
Argentina
Como en el resto de los
países latinoamericanos, el teatro argentino acusó una gran
dependencia del teatro europeo (español, italiano y francés)
hasta finales del siglo XIX. En 1886, el 'Circo de los hermanos Carlo' encargó
a Eduardo Gutiérrez la adaptación de su novela Juan Moreira
(1879) para ser presentada como espectáculo ecuestre-gauchesco-circense.
El papel principal estuvo a cargo del actor José
Podestá quien más tarde perfeccionó la adaptación
de Gutiérrez que consistió en un mimodrama, convirtiendo Juan
Moreira en el drama con el cual se inicia el teatro argentino con temas
de espíritu nacional apoyados en la figura del gaucho, que conforma
todo un ciclo en la literatura no sólo argentina, sino también
uruguaya. Las obras del Ciclo gauchesco sitúan su acción en
la Pampa y tratan acerca de los abusos e injusticias sufridos por los gauchos,
la defensa de valores sociales y los conflictos con las autoridades debidos
a la desigualdad social.
El realismo se estableció
con Florencio Sánchez (1875-1910), que aunque nacido en Uruguay ganó
su prestigio internacional en Argentina con obras como Barranca abajo
(1905). Samuel Eichelbaum (1894-1967) es uno
de los autores de más fuerte personalidad en el teatro argentino
de principios del siglo XX. Llevó la crudeza del naturalismo al teatro
con una fuerza dramática excepcional como puede apreciarse en La
mala sed (1920), Un guapo del 900 (1940) y Dos brasas
(1955).
En contraposición
con el realismo se sitúa el teatro de Conrado Nalé Roxlo (1898-1971)
con comedias como La cola de la sirena (1941) o El pacto de Cristina
(1945), dramas de vuelo poético y más cercanos al simbolismo.
Durante la década
de 1930 se formó el Teatro del pueblo, grupo teatral que mostró
gran interés por la experimentación y la búsqueda de
nuevas técnicas escénicas que dejaron a un lado el teatro
de autor para centrarse en la figura del director. Esto tuvo como consecuencia
la formación de un nuevo público, más intelectual y
menos popular, interesado por la renovación vanguardista.
Surgieron entonces una
serie de dramaturgos importantes como Roberto Arlt
con La isla desierta (1937), obra inquietante acerca de la burocracia
atrapada entre sus deseos y ansiedades y el mundo cotidiano e inmóvil
en que se desarrolla su actividad. Otros dramaturgos importantes son Carlos
Gorostiza El puente (1949), Agustín Cuzzani; Andrés
Lizárraga. Osvaldo Dragún, muy atento a la problemática
socioeconómica utiliza una vigorosa técnica expresionista
y recursos brechtianos en obras como La peste viene de Melos (1956)
e Historia de mi esquina (1959).
Griselda Gambaro y Eduardo
Pavlosky representan la renovación vanguardista surgida a partir
de los años 1960, década en la cual se alcanzó una
gran libertad de expresión respecto a los problemas sociopolíticos.
Ricardo Monti es otro de los autores tardíos destacados de este movimiento
con obras como Los siameses (1967), El campo (1968), Una
noche con el señor Magnus e hijos (1970) e Historia tendenciosa
de la clase media argentina (1971).
El régimen militar
y su censura dieron paso a obras grotescas y simbólicas alusivas
a la situación social; a este ciclo pertenecen La nona (1977)
de Roberto Cosa y Telarañas (1977) de Pavlosky. Otros esfuerzos
de protesta contra el régimen fueron los realizados por el Teatro
abierto fundado en 1981 dedicado a representar obras de autores reconocidos
y de jóvenes valores, entre los que destaca Eugenio Griffero con
El príncipe azul (1982), que trata sobre los roles sociales
rígidos que llevan a la traición de los más auténticos
y vivos sentimientos.
Con el restablecimiento
de la democracia, la fórmula teatral imperante perdió su sentido
y la escena volvió a ser ocupada por los autores ya consagrados como
Gambaro, La mala sangre (1982); Pavlosky con Potestad (1985),
y Cosa con Los compadritos. A partir de 1983 han surgido nuevos nombres
como Juan Carlos Badillo, Daniel Dátola, Nelly Fernández Tiscornia,
Emeterio Fierro y Carlos Viturelo.
Uruguay
Durante las décadas
de 1970 y 1980 destacó la actividad de El Galpón, grupo que
se caracterizaba por el cuidadoso trabajo de dirección y la preparación
de actores. Al desintegrarse, a mediados de 1980, varios de sus miembros
afincados en México fundaron Contigo América, dirigidos por
Blas Braidot.
El régimen militar
instaurado a partir de 1973 lanzó al exilio a los dramaturgos más
importantes comprometidos con la situación político-social.
Tal situación paralizó casi completamente la actividad teatral
del país. Autores importantes son Jacobo Langsner con obras como
La gotera (1973), Esperando la carroza (1974) y La planta
(1981); y Víctor Manuel Leites con Doña Ramona (1974),
que alcanzó gran éxito en México representada por el
grupo Contigo América, que realizó una interesante propuesta
escénica llevada a cabo en la planta baja de una vivienda. Durante
la representación los espectadores se situaban en butacas apoyadas
en los muros, de tal manera que ninguno poseía el mismo punto de
visión, lo cual daba la impresión de estar asistiendo como
espectador accidental a la actividad cotidiana de los personajes.
Las dictaduras militares
han afectado de diversos modos a la producción teatral en Sudamérica:
en algunas ocasiones la han hecho desaparecer; sin embargo, en otras, su
censura ha estimulado la búsqueda de nuevos recursos dramáticos
y escénicos.
Chile
Dentro del panorama teatral
chileno destacan Egon Wolf con su obra Los invasores (1963) que,
escrita bajo la concepción del teatro del absurdo,
resulta ser una violenta farsa en la cual enfrenta a representantes de la
clase burguesa con la 'turba de desarrapados', carente incluso de los recursos
más elementales, que invaden sus casas.
Otro de los autores consagrados
es Jorge Díaz, inscrito también a la corriente del absurdo
muy en la línea de Eugène Ionesco. El cepillo de dientes
(1961) y Réquiem por un girasol (1961) son sus dos obras más
conocidas e importantes.
A principios de la década
de 1970 la creciente actividad de creación colectiva minó
la creación dramática hasta que el golpe de Estado censuró
toda referencia a la realidad socio-política chilena. Surgieron entonces
varios grupos que se encargaron de la renovación teatral. Entre los
más destacados se cuentan el Teatro Imagen y el Taller de Investigación
Teatral, además de los dramaturgos Luis Rivano, Jaime Miranda y Marco
Antonio Miranda.
Perú
Es importante resaltar
el trabajo del dramaturgo Sebastián Salazar Bondy (1924-1965) con
El fabricante de deudas (1962) y Rabdomante (1965). En todas
ellas aborda temas de la realidad social de su país en tono de farsa
y basado en técnicas brechtianas.
Colombia
Es uno de los países
donde la actividad teatral a nivel de propuestas escénicas de creación
colectiva se ha desarrollado con más fuerza. Destacan los trabajos
experimentales de Enrique Buenaventura (La tragedia de Henri Christophe,
1963) a la cabeza del Teatro experimental de Cali (TEC). Otros grupos importantes
son La Candelaria y El Búho. Tiene gran importancia a nivel internacional
el Festival teatral de Manizales.
Venezuela
En este país destaca
la actividad del grupo Rajatabla, así como la labor del autor Román
Chalbaud; su obra Los adolescentes (1961) es ganadora del Premio
Ateneo de Caracas; también destacan Caín adolescente
(1955), Réquiem para un eclipse (1958) y Sagrado y obsceno
(1961) que constituyen todas ellas una crítica contundente a la realidad
político-social venezolana.
Isaac Chocrón,
quien además de dramaturgo ha destacado como empresario teatral y
como profesor universitario, formó parte, junto con Cabrujas y Chalbaud,
del Nuevo grupo, creado a partir de 1967. Este grupo, consideraba primordial
la figura del autor y la consideración al texto dramático.
Chocrón es uno de los renovadores del teatro venezolano con obras
como Mónica y el florentino (1959), Animales feroces
(1963) y La revolución (1972). Entre sus ensayos sobre teatro
destacan: El nuevo teatro venezolano (1966), Tendencias del teatro
contemporáneo (1968) y Sueño y tragedia en el teatro
norteamericano (1984).
La creación del
Nuevo grupo fomentó la aparición de nuevos autores como Elisa
Lerner, José Antonio Rial, Edilio Peña y Néstor Caballero.
Cuba
En Cuba destaca la labor
de Virgilio Piñera que con Electra
Garrigó (1948) se convirtió en el autor más importante
de su país. A estas siguieron varias obras grotescas, a la manera
del teatro del absurdo, estilo que dominó toda su primera producción
y que abandonó más tarde para lograr un realismo profundo
y conmovedor a la manera chejoviana con Aire frío (1959).
Otros autores cubanos
de renombre internacional son Abelardo Estorino con El robo del cochino
(1961) y José Triana con La noche de los asesinos (1966),
farsa violenta y catártica en consonancia con el teatro del absurdo.
En 1968 fue fundado el
grupo de Teatro Escambray, que basaba su trabajo en técnicas brechtianas
y cuya meta era lograr espectáculos de creación colectiva
con gran carga ideológica.
El gran logro del teatro
latinoamericano puede ser sintetizado en la superación de las influencias
culturales a los que se ha visto expuesto constantemente, pero, sobre todo,
a la adecuación con su realidad social para cuya transformación
ha sido instrumento puntual y constante.
BIBLIOGRAFÍA
El Mundo de la Cultura
– Historia del Espectáculo (Teatro) – Fascículos 9 y 10
– VISCONTEA
El Teatro Universal
– M.Aurelia Capmany – Colección Si-No – ED. BRUGUERA.
La Historia de la Literatura
Argentina – Colección Capítulo – Fascículo 30 –
CENTRO EDITOR DE AMERICA LATINA.
Las Grandes Religiones
Ilustradas – Volúmen I – Fascículo 1 al 18 – ED. MATEU
RIZZOLI
Enciclopedia Encarta
98 – Microsoft Home – MICROSOFT
Fuente: Drama Teatro :: Revista Digital

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